El centenario del nacimiento de Marilyn Monroe invita a redescubrir una figura mucho más compleja que el mito de Hollywood. Más allá de su imagen icónica, Monroe fue una actriz con inquietudes culturales, una lectora apasionada y una mujer que luchó por ser reconocida por su talento y su inteligencia.
Marilyn Monroe nació el 1 de junio de 1926 en Los Angeles con el nombre de Norma Jeane Mortenson. Su infancia estuvo marcada por la inestabilidad familiar, los orfanatos y las casas de acogida.
Tras trabajar en una fábrica durante la Segunda Guerra Mundial, inició una carrera como modelo y actriz hasta convertirse en una de las grandes estrellas de Hollywood. Films como Gentlemen Prefer Blondes, The Seven Year Itch o Some Like It Hot la transformaron en un icono mundial. Sin embargo, Monroe quería ir más allá de los papeles de mujer seductora que le ofrecían. Estudió interpretación en el Actors Studio de Nueva York y demostró su talento dramático en películas como Bus Stop o The Misfits.
Pero Norma Jean era mucho más: era una apasionada la lectura. Tras su muerte, se descubrió que poseía una biblioteca personal con más de 400 libros, entre ellos obras de James Joyce, Walt Whitman, John Steinbeck, Dostoievski, Hemingway o Truman Capote. También leía poesía, filosofía, teatro y ensayo político. Le interesaban Sigmund Freud, Albert Camus o Thomas Mann, y con frecuencia aparecía fotografiada leyendo durante los rodajes o en momentos de descanso.
En una industria que a menudo reducía a las mujeres a su apariencia física, ella buscaba espacios de crecimiento intelectual y emocional, que le ayudaron a desafiar muchas convenciones de su época: creó su propia productora cinematográfica para tener más control sobre su carrera, algo poco habitual entre las actrices de los años cincuenta.
Hoy, más de sesenta años después de su muerte, reivindicamos a Monroe como una figura más compleja de lo que durante décadas se explicó: una mujer culta, con inquietudes intelectuales, sensibilidad artística y una gran capacidad de autorreflexión. Su rostro forma parte de la historia del cine y de la cultura popular pero también de una historia menos visible: la de una mujer que buscó constantemente ser escuchada y comprendida más allá de su imagen.
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