Para un cineasta uno de los escenarios más complicados es el de versionar una historia ya contada, y mucho más si esa historia se convirtió en leyenda, obra maestra y película de culto, como es el caso de Nosferatu de F.W. Murnau. Podemos decir que Robert Eggers ha cumplido con su proyecto soñado, después de haber firmado un trío delicatessen con La bruja, El faro y El hombre del norte, se ha coronado como uno de los reyes del terror contemporáneo. La película cumple con su cometido sumergiendo al espectador en un verdadero trance, un efecto de paralelismo con la propia narrativa. Película que combina una cadencia hipnóticamente lenta con unos niveles de intensidad altísimos y constantes, con una fotografía estética exquisita que hace de los juegos claroscuros, de los precisos movimientos de cámara y de las velas y antorchas para iluminar con realismo y detalle, todo un deleite visual. La cinta utiliza la teatralidad para hacer una reinvención del clásico mudo y transportarnos al siglo XIX más frío, lúgubre y tangible, mientras la esencia literaria se funde en devoción nostálgica con ansías de renovación, explorando los mitos vampíricos con la maestría y personalidad característica del director. Clásica, angustiosa y misteriosa, con escenas góticas repletas de gran tensión, como lo fue en su día La bruja. ¡No puedes perdértela!
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